La imagen de la Luna
Contexto social
En este contexto social y con las propiedades psicobiológicas descritas, el ser humano del Paleolítoco Superior estaba capacitado para soñar y los recuerdos de las imágenes de los estados autistas fueron socializados mediante la nueva y sorprendente capacidad adquirida del lenguaje. Las imágenes no son una evolución técnica de los trazos de los fosfenos a los animales; no son representaciones bidimensionales del mundo ‘real’ tridimensional; no son tampoco meros recuerdos de sueños y estados de conciencia alterados sino que representan el diálogo dramático que formaba parte de su entorno y su sociedad. Las representaciones visuales son indisociables del ritual de ejecución. Las imágenes iluminan una forma de ver el mundo, un mundo onírico en el que las figuras flotan, hablan y se transmiten potencialidades. En el que los seres emergen y se diluyen a través de sutiles membranas en comunicación continua con los individuos.
El soporte de comunicación es por tanto un plano evanescente, un tenue velo que proyecta estímulos y provoca sensaciones en flotación y cuasi planitud que retendrá la memoria. Esta superficie virtual se materializa en las paredes y techos de cuevas y cámaras. Es un escenario cargado de simbolismo, el cordón umbilical que les une a los seres y experiencias del inframundo. La superficie de la roca señalada, rasgada y coloreada por las manos y el aliento, junto a la música y la danza, forman parte de la cosmovisión de los humanos del Paleolítico Superior.

En la temática y la realización de las imágenes, el entorno natural y social es la fuente, indisociable, de la experiencia tanto individual como colectiva. El medio natural es activo y se debe entender dentro del contexto de socialización13 . Las representaciones simbólicas toman valor de las escalas y relaciones, tanto temporales como espaciales, que establecen un diálogo entre el cuerpo del ser humano y los elementos del entorno: su naturaleza, forma, la variación, la utilidad y valor social, etc.
La estructura de la conciencia se desarrolla bajo unos patrones espaciotemporales en los que una red de acontecimientos en el tiempo e hitos en el espacio son los constituyentes del paisaje.
El paisaje nocturno representa uno de los estados mudables del entorno. En las sociedades modernas, el divorcio entre el cielo y la tierra se ha consumado de forma drástica con la desaparición del primero. En el caso del entorno de los humanos del Paleolítico Superior, cielo y tierra son elementos fundidos del espacio físico e imaginario en el que se desenvuelven sus prácticas individuales y sociales. El paisaje nocturno es el lugar y el momento donde se desarrollan los sueños. Es el escenario ideal para los ritos iniciáticos, para la comunicación con los seres sobrenaturales, que tienen lugar en la cueva más grande, en ese gigantesco huevo cósmico de membrana permeable donde los seres humanos, la música, la danza, los animales, las sombras, los accidentes del paisaje, las estrellas, los planetas y la Luna participan en la representación.
Dentro de este marco conceptual, la imagen de la Luna tiene una indisociable componente simbólica. La imagen de la Luna se presenta ante la mente de nuestros antepasados como parte de un diálogo con el mundo espiritual. La forma del creciente lunar no se puede entender aislada del rito, del acto de comunicación entre el hombre y el mundo a través de la membrana cósmica.
El nacimiento, crecimiento, decrecimiento y desaparición de la Luna no representan exclusivamente por analogía el nacimiento, el llegar a ser, el morir y el resucitar del individuo. En su simbolismo, además, se entrelazan potencias o fuerzas como la fertilidad, vitalidad, etc14. Surge una relación empática entre el hombre y los númenes: la Luna transmite y comparte su poder simbólico, que proviene de la luz y del cambio, con los animales. Bajo forma humana o fantástica, los númenes hablan, entienden, sienten y tienen poderes e inteligencias superiores a los humanos. Toda esta red intuitiva encuentra en las teofanías lunares, como la serpiente, el caracol, el toro, el buey, el oso, un significado existencial de totalidad en el que el ser humano del Paleolítico es actor principal.
Si queremos entender la representación de la Luna como modelo visual no podemos olvidar que la semejanza de la imagen no se establece como mera mímesis. Las imágenes de la Luna, tanto en las pinturas como en las representaciones escultóricas, son instrumentos de representación donde la relación de representación no es la similitud con respecto a un modelo actual de la Luna, ni tampoco son mera abstracción de rasgos.

Las imágenes del arte paleolítico son una representación de los modelos visuales de nuestros antepasados. En el Paleolítico Superior, la representación de la Luna en creciente formando los cuernos del búfalo, del toro o del buey no puede comprenderse como una representación naturalista, no es un objeto ornamental, no cumple exclusivamente una función descriptiva, ni pedagógica, ni es una metáfora que explica lo visible. Es más bien una representación visual de lo invisible, de lo virtual, de los recuerdos de los estados alterados de conciencia. Es un experimento de fenómenos mentales y forma parte de un mapa indescifrable del mundo onírico de nuestros antepasados.

Por consiguiente, establecemos la ‘ilusión de similitud’ entre las representaciones visuales de la Luna del Paleolítico Superior y las imágenes y vivencias de los estados alterados de conciencia.
La visión de la Luna nueva, llena o el creciente lunar serían el vehículo simbólico que desencadenaría el ritual propio de las ceremonias chamánicas. De esta forma, las sociedades de cazadores-recolectores llegan a establecer los meses lunares como un patrón concreto de tiempo, más allá del presente.
El recuerdo de la fase lunar sería un elemento compartido socialmente que gracias a su regularidad facilitaría la predicción y, de este modo, constituiría una forma directa de fortalecer la periodicidad del contacto con los númenes y, por lo tanto, del establecimiento regular de los rituales chamánicos. Será gracias a esa representación simbólica, cargada de significados y de intensas experiencias con lo sobre natural, como las fases lunares llegarán a formar un rudimentario calendario que anuncie el paso del tiempo en lo cotidiano.
La acomodación de las diversas formas de conocer requiere de un lenguaje complejo y el paso del mito al logos no se produce mediante una transición progresiva y secuencial.
El arte del Paleolítico Superior constituiría una prueba de cómo entre el mito y el logos emergería una idea de tiempo desvelada gracias a la representación visual fruto del recuerdo de las imágenes mentales generadas en estados alterados de conciencia y de la capacidad de fijar y socializar esos recuerdos en las paredes de las cuevas, en huesos, en madera o en piedras. La idea de tiempo concreto surge pues de la ‘racionalidad del mito’, de la forma de ordenar los tiempos dentro del marco conceptual propio de la cultura del hombre del Paleolítico Superior.
AUTOR >> Juan Campos Quemada
Créditos
Saber más
1 Delval, Juan. El desarrollo humano. Madrid. SigloXXI de Espàña 2006.pp 225-260
2 Foucault, M. Las palabras y las cosas. Madrid. Siglo XXI.2006
3 Gómez López, S. Modelos y representaciones visuales en la ciencia. Escritura e Imagen, num. 1 .2005. pp 83-116
4 Tatarkiewicz, W. Historia de seis ideas. Madrid. Tecnos. 2002. Pp 301-311
5 Panofsky, E. La perspectiva como forma simbólica. Madrid. Tusquets. 2007
6 Reeves, E. Painting the Heavens (Art and Science in the Age of Galileo). Princeton University Press | Illustrated Edition | 1997.
7 Helge Kragh, Introducción a la historia de la ciencia. Madrid. Crítica. 1989
8 Wylie, A. Archaeological cables and tacking: the implication of practice for Berstein’s “Options beyond objectivism and relativism”. Philosophy of Science, 19, pp 1-18.
9 Lewis-Williams, David. La mente en la caverna . Madrid. Akal.2005
10 Mithen, Steven. The Prehistory of the Mind: a search of the Origins of the Art, Religion and Science.
11 apud. Lewis-Williams, David. La mente en la caverna . Madrid. Akal.2005
12 Lewis-Williams, David. La mente en la caverna . Madrid. Akal.2005
13 Instituto Panamericano de Geografía e Historia. 2000
14 Eliade, M. Patterns in Comparative Religion. New York. Meridian Book. 1974. Pp 154-185
15 Marshack, A. Cognitive Aspects of Upper Paleolithic Engraving. Current Antropology, vol 13.n ¾ pp.445-477


















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